El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

19 junio 2009

Salvajes

Se acerca a la casa con el paso rápido, caso corriendo. Lleva en una mano un bidón de gasolina y en la otra, metida en el bolsillo, el mechero que agarra con todas sus fuerzas. Los vecinos lo ven pasar. Son las once de la mañana y nadie calcula que tan temprano se vaya a cometer un asesinato. Lo ven pasar, saben quién es, el vecino del número 13 que se ha separado de su mujer, que le pegaba, pero nadie piensa en la muerte. Lo ven pasar, y alguien se fija en los ojos, sobresaltados, y el gesto tenso, pero nadie se sospecha nada. Nadie piensa en la muerte, acaso porque asociamos los crímenes pasionales a la noche, a las riñas empapadas en alcohol, al sexo, al desamor, a los celos. Y nada de eso parece existir por la mañana, a las once de la mañana, cuando comienzan a hervir los pucheros en las casas, los niños salen al recreo en el cole y los albañiles se bajan del andamio para tomar el bocadillo sentados en la acera. No, no son horas de muerte. Pero cuando el tipo llega al número 13, destapa el bidón de gasolina y rocía el zaguán de la vivienda nada más abrirse la puerta. Ella, su ex mujer, cae envuelta en llamas mientras le suplica. Dentro se oyen los gritos de una joven y el llanto repentino de un bebé, sobresaltado en su cuna, atrapado en su niñez. «O mía o de nadie», se le oye decir al tipo cuando se aleja de la casa en llamas. No eran horas de muerte. Tan temprano. Pero sucedió. Y ni los vecinos que salían del mercado, ni los niños del recreo, ni los pucheros, ni los albañiles que se bajaron del andamio pudieron hacer nada para evitarlo.

Hoy, la mujer de La Línea que su ex pareja asesinó ayer, a las once y media de la mañana, ya es sólo un número más en la estadística. Lo de arriba es sólo la recreación literaria de un infierno que, a fuerza de repetirse, ya se ha convertido en un mal endémico. Ni la ley de violencia de género ni las campañas de concienciación, ni los institutos de la mujer ni los ministerios, consejerías ni concejalías de Igualdad han logrado en todos estos años disminuir el número de muertes por el maltrato. La violencia machista, el terrorismo machista, como le llaman, no cesa.
La circunstancia, demoledora, de que las víctimas y sus agresores sean cada vez más jóvenes tendría que llevar a un replanteamiento general de cuanto se ha dispuesto para combatir la violencia machista. Que la violencia machista ya no se puede explicar como una reminiscencia del franquismo, que esos jóvenes se han educado con los valores de la democracia.

Sé de líderes sociales que, en privado, se muestran desconcertados porque no saben si, al final, todo el entramado contra la violencia de género puede acabar fomentándola. Tampoco yo lo sé. Hoy, cuando pienso en esa mujer de La Línea, en su hija de treinta meses, sólo siento la angustia, la tristeza de algo que se escapa de las manos. Salvajes amamantados por la bilis violenta que distingue esta sociedad, estos tiempos. Eran las once de la mañana.

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